domingo, 20 de mayo de 2018

LA IZQUIERDA EN LA QUE CREO Y POR QUÉ SOY SOCIALISTA




La izquierda en la que creo es aquella que me sirve de modelo. Es aquella de la que tomo ejemplos que ponerle a mis hijos y a mis amigos. Es la que formaron aquellos resistentes a la dictadura, que se camuflaron, cuando Franco, bajo una Sociedad Anónima constituida en un local de la antigua calle General Mola, que nunca tuvo actividad comercial, salvo la compra de folios para imprimir resoluciones y manifiestos. La que se consolidó tras las primeras elecciones locales, en 1979, cuando Ramón Álvarez y Antonio Martinón se fueron reuniendo con las asociaciones de electores, de corte progresista, salidas de las urnas, con un trabajo comunitario a sus espaldas, y reconstituyeron un partido que había pervivido en la clandestinidad. La izquierda en la que creo es la de Antonio y Ramón, itinerando por los municipios de la provincia, costeándose los gastos, y con tantas dificultades que Ramón se enfermó de la enfermedad que, muchos años después, se lo llevó. Ramón siempre fue un ejemplo para mí. Socialista y ugetista, lo era de carnet y de convencimiento. Ramón se asemejaba al fundador cuando hablaba, muchas veces citándolo. Y se asemejaba doblemente, al decir de Antonio Machado: porque era "en el buen sentido de la palabra, bueno" y porque "su voz ...tenía... el timbre inconfundible de la verdad humana.  ... Puedo responder de... la emoción que en mi alma iban despertando sus palabras encendidas... Sus palabras... tenían para mí una autoridad que el orador había conquistado con el fuego que en ellas ponía..."

Y hablaba Ramón, con esas palabras, de la ética que nos legó "el abuelo" Pablo Iglesias. Hablaba del necesario comportamiento ejemplar del militante, citando a Pablo Iglesias: "El hombre que no respeta a su compañera, puede votar socialista, pero no puede militar en el PSOE". Y se comportaba con esa ética. Profesor el y su mujer, Carmen, podían permitirse algunos dispendios, pero su ética no se lo permitía. Muchas veces compartimos mesa y mantel, pero siempre íbamos a restaurantes familiares, de trato cercano. Le gustaba especialmente el Centro Gallego, regentado por una familia de allá. Y lo explicaba sencillamente: como sindicalista, decía que no podría soportar que un compañero de UGT tuviera que tratarlo con la distancia que imponía un restaurante de ringo-rango. 
Podía contar muchas más cosas de Ramón, que me hacían admirarlo y sentir que a su lado el socialismo tenía el sentido primigenio. Muchas veces le dije que debía dar charlas formativas por las Casas del Pueblo, sobre todo para los jóvenes. Deseaba sinceramente esa formación para mis hijos. 

Nunca mejor que este momento, en que se derrumban las ideologías, para recordar por qué me hice socialista y hacer un humilde homenaje a aquellos de los que tanto aprendí. Ramón Álvarez, gracias.

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