viernes, 28 de noviembre de 2014

LA PERVERSA NEUTRALIDAD

Una de las más terribles advertencias de Dante en La Divina Comedia es que los confines más oscuros del infierno están reservados para aquellos que eligen mantenerse neutrales en tiempos de crisis moral. Dante se refiere a quienes, en momentos y situaciones en que es moralmente imperativo tomar partido, se abstienen de hacerlo, a quienes, en vez de decidirse y proceder de acuerdo con las convicciones que declaran y a lo que se espera o exige de ellos en el momento, optan bien por la vía fácil de la inacción, que significa pusilanimidad, cobardía o interés puro y duro. La gravedad de esa actitud –que a primera vista pareciera puramente pasiva– radica en que, realmente, va implícita en ella una conducta activa, la traición: traición a los principios, traición a uno mismo, traición al otro, traición a la humanidad, traición al pueblo, traición a la lucha de muchas personas,  etc. De la terrible frase de Dante se desprende que es peor ser neutral que elegir de buena fe una causa, aunque posteriormente demuestre ser equivocada. Quienes obran de esta última forma, al menos se hacen acreedores de simpatía y misericordia, derivada de la comprensión de que todos tenemos derecho a equivocarnos. Frente a una crisis moral, quedarse callado o negarse a tomar partido equivale a no hacer lo que se debe. Quienes tenemos el honor de ser representantes públicos en SJR siempre hemos sabido que estamos obligados a tomar partido, el partido de defensa de reponer el orden largamente pervertido,  y tomamos desde hace mucho tiempo nuestro lugar en la trinchera, pues la injusticia conocida corresponde a una crisis moral de un largo gobierno local que se puede comparar con un régimen. Hacerlo no ha sido cosa fácil, porque, para nosotros, la imparcialidad ha significado terminar tomando partido en cada caso que resolvemos, a favor de quien tenga la razón. Ello exige grandes dosis de madurez y autocontención, en un delicado balance que representa una gran responsabilidad, pero que al mismo tiempo dota de una enorme nobleza a nuestra intervención política.

Quienes se declaran neutrales, cuando se precisa tomar partido, con su omisión agreden el tejido social, socavando las bases de la convivencia en comunidad, pues fallan a quienes tendrían derecho a esperar de ellos su inequívoco apoyo. Ya dije en mi Facebook, hoy mismo, que Desmond Tutu sintetizó así, con absoluta claridad, cuál es el quid de la cuestión: “Quien se declara neutral ante situaciones de injusticia, en realidad ha elegido el bando del opresor”. A las puertas de un nuevo proceso electoral, cabe preguntarse por qué quienes optaron anteriormente  por el abstencionismo –es decir, elegir no participar en la definición de los rumbos locales– ahora abogan por una supuesta neutralidad que, en realidad, se decanta por el apoyo tácito a quienes han conformado el régimen durante tres décadas de este pueblo. Y esta situación insólita y perversa me hace recordar la frase de  Martin Luther King, cuando dijo que la historia tendrá que registrar que la mayor tragedia de este período de transición social no fue el estridente clamor de los malos, sino el inconcebible silencio de los buenos. Ese silencio, absoluto en el pasado y sesgado en el presente, es realmente inconcebible y define a quienes así actúan.  Lamentablemente.

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